Tengo 33 años de edad, y el mar me ayudó a vencer mis propios temores. (Fotos: Ana Paula Tafur)
De niño apenas chapoteaba en un riachuelo de Luya, Amazonas. Era pura sobrevivencia. Tenía que cruzarlo para conseguir alimentos. Llegó a Lima en busca de oportunidades, y su hermano mayor –que ya estaba en esta ciudad– lo animó a postular a la Policía. A los 18 años, Wilder Ocampo logró ingresar sin imaginar que dos años después sería asignado a la Unidad de Salvataje. Tuvo miedo: no sabía nadar. No conocía el mar.
Como cuando te acercas a lo que no sabes cómo es, Wilder parecía ansioso en esos días. Ver nadar a sus compañeros lo asombró. Y le costaría mucho adaptarse, pero logró culminar con éxito. “Gracias al coraje que me enseñó mi padre”, dice. Estamos en medio del mar de Barranco, tan lejos de la orilla que apenas se distinguen las personas en la arena como pequeños muñequitos de juguete, débiles sombras. En sus ojos se puede ver el orgullo al contemplar a sus alumnos y darles indicaciones precisas. El creador de Nadar es Vida, escuela de natación en aguas abiertas, se encontró a sí mismo entre olas, corrientes y arena. Ha tenido más de 1,000 estudiantes, y su sueño es llegar a playas de diversas partes del mundo.
Llevar una rutina en el mar es liberador. Es como entrar a una máquina que te arranca el estrés del cuello, la espalda y las pantorrillas. Cuando tu cuerpo se acostumbra, dejas de sentir el frío. Nadas al lado de una niña de ocho años que puede ser más rápida que tú, o al lado de un hombre altísimo y fornido. O de una mujer de 60 años que quiere reencontrarse con sus mejores días. Compartes. Buscas. Te encuentras.



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